El monasterio de Sankt Gerhard llevaba siglos encaramado en las estribaciones boscosas de Estiria, en la frontera difusa entre Austria y Eslovenia, sobreviviendo a incendios, a la peste, a dos guerras mundiales y a la lenta erosión del olvido.
Ya solo quedaban seis monjes benedictinos cuidando de su biblioteca, y Anton, el más joven de todos con sus cuarenta y tres años, había sido el encargado de catalogar los fondos antiguos para un proyecto de digitalización financiado por la Universidad de Graz.
Dentro, envuelto en cuero curtido y protegido por una caja de plomo que había resistido la humedad de cuatrocientos años, encontró el documento.
"Octubre. La niebla se aferra a los cárpatos como un animal que no quiere soltar a su presa. En las estribaciones boscosas de Estiria, donde Austria y Eslovenia dejan de saber dónde termina una y empieza la otra, hay un monasterio que lleva siglos de pie. Se llama St. Gerhard. Ha sobrevivido a incendios, a la peste, a dos guerras mundiales. Ahora sobrevive apenas al olvido. El Códice de Sankt Gerhard, con las voces de Martín y Chuse Fernández. Seis monjes quedan ya para cuidarlo. El más joven tiene 43 años y lleva tres semanas en el sótano de la biblioteca catalogando fondos antiguos para una universidad que quiere digitalizarlo todo antes de que sea demasiado tarde. Se llama Anton Vogel. Esto no es piedra maciza. Esto suena a hueco.
Un tabique. Alguien construyó un tabique falso aquí dentro. Por el mortero... Esto no es medieval. Esto es del 17. Hay algo dentro. Cuero curtido. Una caja de plomo que había resistido 400 años de humedad sin ceder ni un milímetro. Dentro, no un libro en el sentido en que solemos entender esa palabra. 112 folios de Vitela. Cosidos de forma irregular, sin encodernación propia, como si alguien los hubiera reunido con prisa o con miedo. La caligrafía combinaba latín eclesiástico con un alfabeto que yo no reconocía al principio. Tardé días en aceptar lo que ya sospechaba. No era una cifra inventada. Era una variante de escritura rúnica al germánica tardía, usada deliberadamente para ocultar el contenido a quien no estuviera iniciado.
Anton llamó a una vieja compañera de universidad, Ingrid Bauer, paleógrafa. Entre los dos tardaron cuatro meses en traducir el documento por completo. Y cuando terminamos, ninguno de los dos volvía a dormir bien. El documento se presentaba a sí mismo como un relatio, un relato. Su autor no daba su nombre completo, solo una inicial. Hermano T. Antaño de la orden, ahora de ningún lugar. La vitela y la tinta de agalla de roble situaba en su redacción hacia 1671. 1671. Casi 200 años después de que, según nuestra historia, Oboacro depusiera a Rómulo Augustulo. El año 476, el año en que, se supone, el imperio romano de Occidente dejó de existir.
Pero lo que el hermano T afirmaba haber recogido, de un viajero o quizá heredado de un pariente, la traducción nunca fue del todo clara en este punto, era el testimonio de alguien que decía venir de un mundo paralelo al nuestro. idéntico al nuestro hasta ese mismo año, ese mismo punto exacto de la historia. El manuscrito lo llama Peregrinus, el Peregrino. Y lo que cuenta el Peregrinus es que, en su mundo, Odoacro nunca llegó a deponer al último emperador, que una alianza improbable, generales romanos, federaticodos, la administración senatorial de Rávena... sostuvo el edificio imperial una generación crítica más. Lo suficiente para que Roma no cayera, para que se transformara en cambio. El texto describía, con un detalle que a Anton se le antojaba imposible para un escriba barroco,.."
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